lunes, 8 de junio de 2020

Cuánto cuesta un café

Tomarse un café, leyendo el periódico, en un bar, es uno de esos pequeños placeres cotidianos que más disfruto. Con el confinamiento, claro, hace tiempo que no lo hago, y lo sustituyo con el sucedáneo de tomar el café en casa leyendo el periódico por Internet.

Pero, confinamientos aparte, ¿qué nos dice de nuestra sociedad el precio de ese café en el bar?

Ese café es cultivado en América, o en África, o en algún otro remoto lugar del mundo. Es transportado por barco, procesado en algún país occidental, envasado, transportado al punto de venta local. Hace falta una máquina que te lo prepare, con todo su aroma, con la temperatura adecuada, una máquina que no sé donde se habrá fabricado. Hasta aquí tendríamos los inputs externos, pero también hay que considerar los inputs locales, esto es, el local que nos ofrece este servicio, el trabajador que lo prepara...

Ese expreso doble, que es lo que me gusta tomar estos días, me cuesta alrededor de dos libras en Inglaterra, donde vivo, debe estar entre un euro y un euro y medio en España. Todo ese proceso que he descrito antes se reduce a la información que está detrás de este precio: €1.5.

Los agricultores mal pagados en Centroamérica, la contaminación generada por el transporte, el procesado y envasado, los salarios bajos de los camareros, los impuestos pagados, o no pagados, en los diferentes países por los que ha transitado este producto y servicio...

Cuando hablamos del Estado de Bienestar, cuando hablamos del ingreso mínimo, algo que acaba de ser aprobado en España, no somos conscientes de los cimientos de ese supuesto Estado del Bienestar, unos cimientos que hunden sus raíces en un sistema que es sostenido por una desigualdad a escala global. No la vemos, no está cerca de nosotros, o si lo está nos hemos acostumbrado a ella y no la apreciamos.

El bienestar implica tomarse un café a un precio razonable en un sitio agradable. Pero por desgracia estamos en un juego de suma cero, en el que el bienestar de unos supone el malestar de otros.

El desafío es convertir este juego de suma cero en un juego win-win, de suma positiva.


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